EL PENAL MÁS LARGO DE LA HISTORIA
El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en el año 2008 en un lugar perdido de la zona sur de la Chicago argentina, la Quinta de Luis, un sábado por la tarde en un estadio vacío.
GATOREIT era un equipo de barrio, humilde como todos los de esa zona. Participaba en la liga de judiciales porque los sábados no tenían nada que hacer y vieron una linda oportunidad de tener la excusa de juntarse a comer asados.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos, o los amigos de los mismos. Cuando yo tenia quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. El “Nene” Marino, el arquero, tenia casi cuarenta y el pelo lacio que le caía sobre la frente de indio araucano, al que le daba pelea poniéndose una moderna y canchera bincha blanca. En el campeonato participaban 16 equipos y GATOREIT siempre terminaba del décimo puesto para abajo. Creo que en 2007 se habían colocado en el puesto 13 y volvían a sus casas cantando, con la camiseta gris y roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 2008 empezaron ganándole uno a cero a Reymon Club, otro equipo de miseria. A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran punteros del torneo, en todo el barrio Las Delicias empezó a hablarse de ellos. Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que MATADEROS, el eterno campeón, el de Caballo Loco, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de GATOREIT en las escuelas, en el ómnibus, en la plaza, pero nadie imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 pts contra 21 de los eternos campeones.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo con cara de político, remerita ajustada y algo de flequillo al viento, corría junto a la línea de cal y los asustaba con una rama bastante filosa cuando pasaban por su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores nos permitían estar en el banco de suplentes, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el uno a cero y les alcanzaba botellas de porrones y porciones de papas fritas. Por las noche festejaban en la panchería de Gercho y el gato de Sabrina se quejaba porque nunca dejaban un centavo de propina.
Eran la atracción y en el barrio se les permitía todo. Los viejos los recogían de Mora cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros, las criaturas querían besar a sus ídolos y las chicas deliraban por esos gorditos que ya caían más que simpaticones. Fuera de su barrio nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron dos a uno a La Selección. En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, con La Droguería y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando MATADEROS los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero al domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el puntero.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El predio estaba repleto y los techos de las casas vecinas también. Todo el mundo esperaba que MATADEROS repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. GATOREIT trajo más de quince hinchas (entre ellos el Chingui, el Hormiga, el Jose y Brunito) que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.
El referí que pitó el penal era simplemente “el Negro”, un epiléptico que trabajaba de albañil en una obra que se estaba construyendo en la casa del técnico de MATADEROS y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de MATADEROS se tiraran de cabeza en el área de GATOREIT y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y “el Negro” quería conservar el respeto por si mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el lateral izquierdo de GATOREIT clavo un zapatazo desde lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces si, ”el Negro” pensó en su empleo y alargó el partido hasta que el diez rival entro al área y ni bien se le acercó un defensor pitó penal. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. Como no estaba marcado el punto del penal hubo que contar doce pasos de hombre. ”El negro” no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el aguerrido volante de GATOREIT, el Zapa, lo durmió de un patadón en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar “al Negro”. Marcelo y el policía con la linterna encendida, suspendieron el partido y mandaron a retirar a toda persona que tuviera apariencia de ser hincha de GATOREIT.
Según el tribunal de disciplina de la liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese duelo aparte entre CABALLO LOCO, el ejecutante y el “NENE” MARINO al arco, tendría lugar el sábado siguiente, en el mismo predio y a puertas cerradas. De manera que el penal duró una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al predio a curiosear. El equipo estaba entrenando, formaban una larga fila para patearle penales al “Nene” Marino y el entrenador de poco flequillo trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero. Al final, todos tiraron su penal y el “Nene” atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de trabajo. Al caer la tarde fueron hasta la panchería de Gercho y se pusieron a tomar unos porrones. Marino se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo hasta que después de comer se puso un escarvadientes en la boca y dijo:
-Caballo Loco los tira a la derecha.
-Siempre - dijo el Pájaro, capitán Gatorense.
-Pero el sabe que yo se.
-Entonces estamos jodidos.
-Si, pero yo se que el sabe -dijo el “Nene”.
-Entonces tirate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.
-No! El sabe que yo se que el sabe-dijo el ”Nene” y se levantó para ir a dormir.
-El Nene está cada vez mas raro -dijo el técnico cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio. El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por la travesía estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
-¿Lo vas a atajar?-le preguntó, ansioso, el Gordo La Cochera.
-No se. ¿Que me cambia eso? -preguntó.
-Que nos consagramos todos, ”Nene”. Les tocamos el culo a esos maricones de MATADEROS.
-Yo me voy a consagrar cuando la hija de Ernesto me quiera querer-dijo y silbo al perro para volver a su casa.
El viernes, la hija de Ernesto volvía del hospital cuando su padre la cruzó con un ramo de flores y una sonrisa ancha como sandía abierta.
-Esto te lo manda el “Nene” Marino y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
-Pobre tipo-dijo ella con una mueca y ni miro las flores que en realidad había comprado su padre.
A la noche fueron juntos al cine. En un intervalo el “Nene” salió a fumar y la hija de Ernesto se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde, el “Nene” Marino pidió prestadas dos bicis y fueron a pasear por la orilla del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el sábado a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en MORA.
-Y yo cómo se?-dijo él.
-¿Cómo sabes que?
-Si me tengo que tirar para ese lado.
La hija de Ernesto lo tomo de la mano y lo llevo hasta donde habían dejado las bicis.
En esta vida nunca se sabe quien engaña a quien-dijo ella.
-¿Y si no lo atajo?-pregunto él.
-Entonces quiere decir que no me querés -respondió seria ella y volvieron a la panchería.
El sábado del penal salieron del club tres utilitarios cargados de gente, pero la policía los detuvo por calle Ovidio Lagos y tuvieron que quedarse al costado de la calle, esperando bajo el sol. Hasta la Quinta no llegaban las radios, ni había forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de GATOREIT establecieron una posta entre el estadio y el afuera.
El Gordo La Cochera subió a un techo desde donde se veía el arco del “Nene” Marino y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba adonde esperaban los hinchas Gatorenses.
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio.”El Negro” tenia un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Zapa que le había dado la murra el sábado anterior y lo expulsó. Como se había olvidado la tarjeta roja, ”El negro” señalaba la entrada del túnel con la mano temblorosa de la que colgaba el silbato. Al fin, la policía sacó a empujones al Zapa que se quería quedar a ver el penal. Entonces el árbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra la cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El “Nene” Marino se había puesto una vincha amarilla y el pelo le brillaba como una cacerola de aluminio. Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la quinta, justo detrás del arco, y cuando se coloco detrás de la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacia donde tiraría Caballo Loco.
En Ov. Lagos habían cortado el tránsito y todo el barrio estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que MATADEROS no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores organizara a lo largo de tres km. y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando el árbitro consiguió que los allegados a los dos equipos abandonaran la cancha, Caballo Loco se acercó a acomodar la pelota. Era grandote, musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces-contó después- que volvera a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las 15:45, ”el Negro” se puso a medio camino entre el arco y la pelota. Se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacia el arco, el referi sintió que los ojos se reviraban y cayó de espaldas echando espuma por la boca. Marino dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacia el medio del arco y Caballo Loco adivinó enseguida que las piernas del “Nene” Marino llegarían justo para desviarla hacia un costado. El “Nene” pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al corner porque había quedado picando en el área.
El zurdo Bustamante llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo GATOREIT se tiró sobre el “Nene” Marino, el juez de línea corrió hacia el “Negro” con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba ”no vale, no vale!”.
Hasta que el árbitro no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que pregunto fue ”¿Qué paso?” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el “Nene” apartó a todos los que querían pegarle al albañil del equipo contrario y dijo que había que apurarse porque él esa noche tenía una cita y una promesa….y fue otra vez al arco.
Caballo Loco debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a un compañero y recién después fue hacia la pelota mientras el juez de línea ayudaba al referi a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejos y los jugadores de GATOREIT empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacia la izquierda y el “Nene” se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca mas volvió a tener. Caballo Loco miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos el paredón y fuimos a mirar de cerca al “Nene” Marino, el viejo, el pendeviejo, que miraba la pelota que tenía entre sus manos como si fuera un vino espumante en la barra de Mora.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez ,a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era la hija de Ernesto sino una chica que llamaban TUERCA que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda; abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota adentro del arco, el “Nene” Marino estaba levantándose como un perro apaleado.
-Bien, pibe-me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al “Nene” MARINO, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mi….ni el Gordo La Cochera
*Adaptación del cuento “EL PENAL MÁS LARGO DEL MUNDO” de Osvaldo Soriano.